El Banco Central podría usar los dólares de ahorristas
La nueva Carta Orgánica del Banco Central, que el Gobierno impulsa en el Senado, habilita al Tesoro a utilizar activos del BCRA incluidos dólares depositados por ahorristas como garantía para colocar deuda, replicando el esquema que en 2024 se aplicó con el oro de las reservas. La herramienta busca darle a Luis Caputo margen para afrontar el exigente cronograma de vencimientos de 2027, que ya suma unos US$ 21.000 millones entre bonistas privados y organismos como el FMI. Carlos Burgueño. Hay dos conceptos que se cruzaron esta semana. Primero, la reforma del Banco Central que trata el Congreso es una prioridad que probablemente quede en la historia del gobierno de Javier Milei; pero, por ahora, es necesario que la conducción de la entidad se maneje en coordinación absoluta con el Palacio de Hacienda. Y segundo, Luis “Toto” Caputo sabe mucho del mundo financiero en general y del diseño de deuda en particular; y debe tener a mano todas las herramientas posibles para poder cumplir con el abultado cronograma de vencimientos del 2027.
Combinando ambas necesidades, el cambio de la Carta Orgánica de la
entidad que maneja Santiago Bausili introdujo una innovación conceptual
que, en cualquier otro contexto, sería motivo de estudio en las
facultades de derecho financiero como un caso de “creatividad extrema”.
La habilitación para que el Tesoro pueda, bajo ciertas condiciones,
utilizar los activos del BCRA –esos dólares que todos miramos con
devoción cada tarde a las 17 horas cuando la entidad publica el balance
general de la jornada financiera– como garantía para tomar deuda. Parece
técnico. Para que el público entienda mejor, sería el equivalente
financiero a pedir un préstamo hipotecario poniendo como aval la
billetera que llevamos en el bolsillo trasero para las propinas. Suma,
cuando hay que agilizar la imaginación para cumplir con los
interminables compromisos del 2027. La operación se asemeja a cuando
Caputo colocó deuda con el oro del BCRA como garantía
La operación se
asemeja a aquella de 2024, cuando en circunstancias similares de
vencimientos financieros de ese año y el 2025, se agudizó el ingenio
oficial para colocar deuda con el oro como garantía de pago. El problema
era que el glorioso metal debía ser enviado al exterior para poder
ejercer su función de garantía, algo que finalmente se decidió en
absoluto secreto. Salvo que en el momento de la mudanza, el sindicato de
los bancarios (fuerte en el Central), detectó los movimientos y se
denunciaron en redes. Meses después, Caputo explicó que todo se trataba
de generar rendimientos sobre el activo. Los viejos lobos de mar del
Central habían pensado la manera de proteger el oro ante las embestidas
de los buitres en los tribunales internacionales. El metal debía pasar
fugazmente por Londres y llegar rápido a Basilea, donde teóricamente
permanece hasta hoy. El oro sirvió de garantía y generó dólares para
vencimientos. La operación fue polémica, pero a los ojos de Hacienda
funcionó. Qué mejor que repetirla con los dólares de las reservas. El
problema es el necesario impulso para darle fuerza legal a la
independencia del BCRA que está tramitando (parece con éxito) el
gobierno en el Congreso. Por este motivo se incluyó el artículo en la
nueva Carta Orgánica. Empeñar dólares es obviamente una apuesta
arriesgada, son la munición necesaria para el mercado
Empeñar dólares
es obviamente una apuesta arriesgada. Los dólares en las arcas del
Banco Central no son estatuas de metal precioso guardadas en un sótano;
son la munición necesaria para intervenir en un mercado cambiario que,
en Argentina, tiene la estabilidad emocional de un adolescente en plena
crisis. Hay algo importante que reconocerle a Caputo. Logró generar la
suficiente confianza en los ahorristas dolarizados, como para que esas
divisas (luego de pasar de pesos a la moneda fuerte) permanezcan en los
bancos en lugar del siempre psicológicamente seguro colchón
domiciliario. O en las cajas de seguridad.
Se llegó así al récord de
unos US$ 40.000 millones en cuentas corrientes o comitentes, un nivel
muy cercano a los dorados años de la convertibilidad. La mitad de esos
dólares deben permanecer inmovilizados para los bancos, en términos de
encajes. Sumando y restando, serían unos US$ 20.000 millones. Dicho de
otra manera, las entidades financieras no los pueden tocar. Pero, si se
aprueba la reforma en el Senado (ya pasó el molesto step de Diputados),
podrían ser operados como garantías de colocaciones de deuda. Con los
eventuales riesgos que esto traería.
El esquema de pagos del año próximo asciende a más de US$ 20 mil
millones
¿Cuál
sería el problema, si con el oro funcionó? Como primer acercamiento, el
oro es “propiedad” del Central. Los dólares, de los ahorristas. Que
además los tienen depositados “a la vista”. Esto es, a un tris de ser
retirados de esas cuentas ante temores tradicionales. Y siempre hay que
recordar aquella máxima del sistema financiero que reza: “El capital
tiene la valentía de un ciervo y la velocidad de una liebre”. Una
operación de toma de deuda con dólares de garantía estaría inmovilizando
una herramienta fundamental de política monetaria. Es decir, si el
mercado se recalienta y necesitamos liquidez para calmar las aguas, nos
podríamos encontrar con que esa “munición” está bloqueada en una cuenta
de garantía de un acreedor internacional.
Mientras que el oro era el
símbolo de un ahorro que se sacrificaba en la emergencia, los dólares
comprometidos son la sangre que corre por el sistema. La reforma, al
facilitar esta arquitectura, transforma al Banco Central de un garante
de la estabilidad en un proveedor de avales para la deuda soberana. Es
un cambio sutil, casi burocrático, pero de una profundidad aterradora.
Estamos pasando de una banca central que custodia el valor de la moneda a
una que funciona como un fiador de lujo para los vencimientos del
Tesoro.
La ironía es curiosa. Para demostrar que el país tiene
“capacidad de pago” y convencer a los mercados de nuestra solvencia,
procedemos a hipotecar nuestra propia liquidez. Si la garantía es
necesaria para que nos presten, es porque el mercado duda de nuestra
capacidad de pago. Y si tenemos que usar las reservas para despejar esa
duda, estamos reconociendo, en el mismo acto, que debemos utilizar
dólares de los ahorristas para poder garantizar un pago. Es un círculo
perfecto: la garantía que debería darnos seguridad es, en realidad, el
aviso de que estaríamos llegando al fondo del tarro.
Pero hay que
pensar en Caputo. La Argentina todavía no terminó de pagar los
compromisos de 2026 y ya tiene reservado un lugar privilegiado en la
agenda de 2027: el calendario de vencimientos. El problema de 2027 no es
solamente cuánto habrá que pagar, sino a quién. La cuenta se divide,
principalmente, entre los acreedores privados –tenedores de bonos
argentinos– y los organismos financieros internacionales, con el Fondo
Monetario Internacional en el centro de la escena. El rollover del año
que viene impacta. Serían unos U$S 21.000 millones.
Para el año 2027,
la Argentina enfrenta un cronograma de vencimientos de deuda en moneda
extranjera considerado por el mercado como uno de los desafíos
financieros más significativos para la actual gestión económica. Los
compromisos se dividen principalmente en dos grandes bloques: Acreedores
Privados (Bonistas): Representan la mayor parte de la carga, con
vencimientos que suman aproximadamente 10.600 a 11.000 millones de
dólares. Estos corresponden mayoritariamente a los bonos soberanos
emitidos en los canjes de deuda previos. Los pagos se concentran en el 9
de enero y el 9 de julio, con unos 4.400 millones en el primer caso y
otros 4.300 en el segundo. A esto hay que sumar la trifecta de los
Bopreales emitidos para cubrir la deuda que dejó el gobierno anterior
con importadores, y los Bonares emitidos para conseguir dólares
voluntarios del sistema financiero local para, con eso, pagar los
vencimientos de este año. Un loop. Organismos Internacionales (FMI): El
vencimiento con el Fondo Monetario Internacional para 2027 se estima en
cerca de 5.900 a 6.000 millones de dólares. Otros organismos: El resto
de los vencimientos (hasta completar el total) corresponde a otros
organismos multilaterales como el Banco Mundial y el BID, así como otras
deudas bilaterales.
Se especula con que Caputo ya tiene en la caja
de ahorro del Tesoro unos US$ 5.000 millones acumulados en las
colocaciones de deuda en bonares locales en “Hard Dólar”. Faltarían US$
16.000 millones. Habrá que ver en cuánto se engrosa la cuenta hasta fin
de año. Pero se supone que podrían llegar hasta los 7.000 millones. Con
mucha voluntad positiva, se podrían sumar unos US$ 2.000 millones de
privatizaciones en carpeta. Están avanzadas las gestiones con Aysa,
Belgrano Cargas y otras joyas. Podría ser. Igual restan unos US$ 11.000
millones. Hay una esperanza. Que el riesgo país perfore prontamente los
400 puntos básicos hacia abajo. Sería el momento para pensar
razonablemente en una clásica colocación voluntaria de deuda en los
mercados financieros internacionales. Sería el turno de nuevos globales
con el sello Milei. ¿Pero qué sucedería si los medidores de deuda
sostienen el riesgo país por arriba de esos chúcaros 400 puntos básicos?
Ahí sería el momento de pensar en ese artículo incluido en la reforma
de la Carta Orgánica del Banco Central, donde se autoriza a la entidad a
colocar deuda con los dólares del sistema financiero. Una estrategia
que hace acordar a aquel maestro del billar argentino Enrique Navarra,
campeón del mundo a tres bandas, que anunciaba sus jugadas explicando
qué bola empujaría la otra para luego introducir una tercera en la
tronera. Luego de la explicación, añadía la frase “si sale”.










