La Interna Provincial
La pelea por el mando dentro del peronismo bonaerense pone al Gobernador ante una decisión clave, donde dudar puede costar caro. Ante lealtades, poder y ambiciones, el escenario obliga a elegir y asumir las consecuencias. Producción de Modo Fontevecchia . Finalmente el que puede terminar con el kirchnerismo no es Milei, sino el propio Axel Kicillof. En lo que parece más un drama shakesperiano, el que fue en su momento el hijo político de Cristina Fernández de Kirchner tiene en la elección del PJ bonaerense la posibilidad de terminar con la hegemonía de su antigua jefa sobre el peronismo. Si derrota a La Cámpora en el bastión K, algo que —dada la cantidad de intendentes y sindicalistas ligados al gobernador— no sería para nada descabellado, el kirchnerismo dejaría de ser el socio mayoritario del peronismo y con Cristina presa,
pasaría a ser una facción más con poca capacidad de liderazgo. Esto lo
saben Máximo Kirchner y su madre, por eso el líder de La Cámpora le
ofreció al gobernador la presidencia del PJ bonaerense, a cambio de más
lugares en la lista.Hasta ahora, desde el kicillofismo eludieron la propuesta y dejaron
trascender que la candidata será la vicegobernadora, Verónica Magario,
algo que deja a La Cámpora ante la posibilidad de presentar una lista
aparte. Esto se podrá ver mañana, cuando se presenten los avales de las
listas. Cinco días después, el 8 de febrero, se definirá en la
presentación de candidatos. Se verá si hay unidad o ruptura.
El
kirchnerismo sabe que puede perder y desde el fracaso del Gobierno del
Frente de Todos ve como su poder disminuye. Kicillof debe cometer un
acto de despiadado matricidio y liquidar políticamente a quien lo parió
políticamente. El ejercicio del poder político tiene esas obligaciones
amargas y si quiere ser presidente debe derrotar a sus adversarios
internos, aunque sean quienes le posibilitaron su lugar de
preponderancia. Cristina y Máximo Kirchner saben esto a la perfección.
El propio kirchnerismo se consolidó hace 20 años con una traición a su
mentor político, Eduardo Duhalde, exactamente en el mismo territorio: la
provincia de Buenos Aires.
En Samuel 15:3 del Antiguo Testamento hay
una lección incómoda sobre el poder. Saúl, el primer rey de Israel, cae
no por haber perdido una guerra, sino por haber dudado. Dios le ordena
aniquilar por completo a un enemigo. Saúl vence, pero se apiada: perdona
al rey derrotado y conserva parte del botín. Quiere ser piadoso,
razonable, humano.
La respuesta divina es tajante: “La obediencia
vale más que el sacrificio”. Desde ese momento, Saúl sigue siendo rey en
los papeles, pero está políticamente muerto. La duda lo devora y el
poder lo abandona. David, su sucesor, es lo contrario. Mata a Goliat,
castiga, ejecuta rivales y no confunde nunca gobierno con compasión.
Incluso cuando comete su crimen más oscuro —mandar a morir a Urías para
encubrir su adulterio— no es desplazado. Es castigado, sí, pero no
reemplazado. Porque David sostiene el orden.
El texto bíblico no lo
absuelve moralmente, pero lo confirma políticamente. El mensaje es
brutal y trágico: el poder no elige al más justo, sino al que decide.
Saúl quiso ser bueno y perdió el reino. David aceptó ser culpable y lo
conservó. En la lógica del Antiguo Testamento, el gobernante que duda
cae; el que carga con la culpa, gobierna.








